• José Ignacio Delgado

Salones y Salinas

Para este recopilador de ideas ajenas que luego hago mías (¿qué si no eso es la creación artística desde los tiempos de Homero?), el periódico reencuentro con poemas que viven en mi cabeza es una nada ingrata obligación. Hoy es un soneto de Don Diego de Silva y Mendoza, Conde de Salinas. Evocando de nuevo sus poderosas imágenes, tengo presente que el poeta formó parte de aquella espléndida corte de Felipe III que por unos años se afincó en Valladolid, y fue por tanto afortunado testigo de los prodigios que allí se sucedieron. Uno de ellos, la construcción del salón de baile con capacidad para tres mil personas, anexo al Palacio Real. Estaba conectado mediante un corredor elevado de madera al propio palacio y a la Iglesia de San Pablo para que los reyes no se vieran en la necesidad de descender a nivel de la calle (llegó a existir por varias zonas de la ciudad un entramado de calles elevadas con este fin). Cronistas extranjeros como nuestro Tomé Pinheiro y el francés Bartolomé Joly describieron con pasmada admiración el baile ofrecido a la delegación inglesa, cuyo esplendor -trajes recamados de oro y plata, disfraces, carrozas, músicos y coros, todos refulgiendo a la luz de cientos de hachones- en nada envidiaría las más febriles descripciones de ‘lujo oriental’ de los viajeros de la época. Dícese que, a una señal del rey, parte de la techumbre de deslizó para dejar ver el cielo nocturno de aquel 16 de junio de 1605 y continuar así el baile a la luz de las estrellas. Y quiero pensar que tal gesto, tan teatral y apabullante, de una belleza casi metafísica, pudo ser acaso la inspiración para un soneto que el Conde de Salinas hizo eterno.

Estrella del Norte (Alpha Ursae Minoris), a la que interpela Salinas en su soneto

Una, dos, tres estrellas, veinte, ciento,

mil, un millón, millares de millares,

¡válgame Dios que tienen mis pesares

su retrato en el alto firmamento!


Tú, Norte, siempre firme en un asiento,

a mi fe será bien que te compares;

tú, Bocina, con vueltas circulares,

y todas a un nivel, con mi tormento.


Las estrellas errantes son mis dichas,

las siempre fijas son los males míos,

los luceros, los ojos que yo adoro;


las nubes, en su efecto, mis desdichas,

que lloviendo crecer hacen los ríos,

como yo con las lágrimas que lloro.






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