• José Ignacio Delgado

Góngora

¿Un soneto laudatorio del de Córdoba a Valladolid?





La llegada de la fastuosa corte de Felipe supuso una revolución para la apacible urbe castellana. Una multitud de personajes de todo signo, desde los funcionarios ocupados de la mastodóntica 'cosa pública' hasta gente de mal vivir que esperaba medrar a la sombre del poder, se ajustaron en Valladolid como en un traje varias tallas por debajo de lo necesario, siempre con las costuras a punto de reventar. Esa ciudad 'insalubre', 'desordenada', 'Babilonia'..., a la que se dedicaron esas y muchas otras injustas invectivas.


Sin embargo, es del todo imposible obviar el esplendor que también trajo aparejado el real traslado (a la sazón la corte española era la más poderosa y rica de su tiempo), sobre todo a raíz del nacimiento en el Palacio Real del príncipe Felipe, futuro Rey Planeta. Aquellos meses de celebración inacabable, una de las más deslumbrantes fiestas de las que existe constancia, fueron reflejados con profusión de detalles en Fastiginia, 'libro de cabecera' de este proyecto.


La flamante Plaza Mayor, reconstruida tras el incendio de 1561 según los más ordenados criterios renacentistas, fue el escenario de corridas de toros, desfiles, juegos de cañas y otros entretenimientos. A ellos asistió el corrosivo Góngora, quien no pudo por menos que reflejar la experiencia en un descriptivo soneto. Y si bien el tono del mismo no puede negarse admirativo y laudatorio (da cuenta, entre otros detalles, de que los caballos andaluces llevaban frenos de oro), no podemos por menos que señalar la beligerante comparación del último verso, donde queda patente el empeño del cordobés en dejar mil veces por encima del modesto Pisuerga a su añorado Genil.

De unas fiestas en Valladolid


La plaza, un jardín fresco; los tablados,

un encañado de diversas flores;

los toros, doce tigres matadores,

a lanza y a rejón despedazados;


La jineta, dos puestos coronados

de príncipes, de grandes, de señores;

las libreas, bellísimos colores,

arcos del cielo, o proprios o imitados;


Los caballos, favonios andaluces,

gastándole al Perú oro en los frenos,

y los rayos al sol en los jaeces,


Al trasponer de Febo ya las luces

en mejores adargas, aunque menos,

Pisuerga vio lo que Genil mil veces.


(1605, L. de Góngora)

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