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  • Foto del escritorJosé Ignacio

Góngora en Valladolid (1)

Pasajes de un desencuentro





No es difícil imaginar la revolución que, para Valladolid, debió suponer la intempestiva llegada de la corte de Felipe III, aquel gélido enero de 1601. Multitud de personajes de todo signo (funcionarios, cargos y oficios ocupados de la mastodóntica 'cosa pública', pero también todo ese gentío gris que siempre espera medrar a la sombra del poder) hubieron de ajustarse, como en un traje varias tallas por debajo, con las costuras a punto de reventar, en la sobria ciudad castellana. Por causa de esas estrecheces y por otros motivos no siempre bien fundados, la ciudad fue denostada en adelante con vituperios como 'insalubre', 'desordenada', o 'Babilonia'....


Luis de Góngora era uno de los más descontentos con el traslado de la corte. El temible cordobés (¡Ay de quien cayera en su punto de mira!...) vertió su corrosiva acidez en algunos textos que citaremos en sucesivas entradas. En otros como el que acompaña estas líneas se muestra más sutil, al limitarse a 'deslizar' la idea de que Valladolid no alcanzaba el estatus de ciudad áulica. El soneto, que hace referencia a una corrida de toros en la flamante Plaza Mayor reconstruida tras el incendio de 1561, tiene incluso un carácter laudatorio. Como casi siempre en el maestro, el virtuosismo del lenguaje, las brillantes metáforas, las referencias mitológicas, son deslumbrantes -¿cómo sino podríamos calificar ese genial primer terceto...?-. El poema describe la majestuosidad del escenario y la cruel belleza del momento, aguardando hasta el último verso para comparar al 'advenedizo' Pisuerga con su añorado Genil.



De unas fiestas en Valladolid


La plaza, un jardín fresco; los tablados,

un encañado de diversas flores;

los toros, doce tigres matadores,

a lanza y a rejón despedazados;


La jineta, dos puestos coronados

de príncipes, de grandes, de señores;

las libreas, bellísimos colores,

arcos del cielo, o proprios o imitados;


Los caballos, favonios andaluces,

gastándole al Perú oro en los frenos,

y los rayos al sol en los jaeces,


Al trasponer de Febo ya las luces

en mejores adargas, aunque menos,

Pisuerga vio lo que Genil mil veces.


(1605, L. de Góngora)

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